El Hombre Oso Hormiguero

Lo que aprendí de una lengua en el culo:

Un par de años atrás conocí a un hombre en una clase de desarrollo personal. Estábamos sentados en la misma fila de sillas y decidimos colaborar en uno de los ejercicios de la clase. Empezamos a conversar y nos dimos cuenta que teníamos harto en común en cuanto a nuestras relaciones románticas. Ambos habíamos estado saliendo hace tiempo con nuestras respectivas parejas y ambos queríamos más de nuestras relaciones aunque, hasta el momento, habíamos tenido algo de dificultad en expresar nuestro deseo. Yo le contaba que había decidido que esa misma noche le iba a decir a mi pareja que quería profundizar nuestra relación y que ya me estaba quedando corta la relación casual que llevábamos. Él me felicitó y se inspiró a hacer lo mismo la próxima vez que viera a su polola (porque, me contaba, él también deseaba más de lo que su relación actual le estaba entregando).

Intercambiamos números de teléfono para mantenernos en contacto (y de alguna manera obligarnos a cumplir con expresar nuestros más temidos deseos a nuestra pareja). Nos conectamos una semana después. Ambos habíamos perdido la negociación. Nuestras parejas respectivas querían que la relación se mantuviera tal cual por lo que nosotros deberíamos aceptar que queríamos distintas cosas de la relación, y que por más que quisiéramos cambiarla, nuestra respectiva pareja no quería lo mismo. Deberíamos cerrar ese capítulo con aquella pareja, elaborar nuestro duelo, y finalmente llegar nuevamente a la paz.

No nos comunicamos por mucho tiempo después de esos mensajes. Seguro cada uno elaboraba el proceso del término de una relación a su paso y a su manera. Una noche, después de varias semanas, me manda un mensaje. Él quería saber si es que yo estaba interesada en salir a cenar. Él era un hombre lindo, pero yo no estaba interesada en salir con alguien menor, con menos experiencia de vida, y ciertamente con menos experiencia sexual. A mí simplemente no me interesaba tener que “enseñarle” nada a nadie. Yo estaba cansada de eso y solamente quería a un hombre quien podría contenerme a mí en vez de yo a él—como muchas veces en mi vida. Le dije que no y le di las gracias. Pero, fue persistente y por varios días siguió insistiendo hasta que al final me causó curiosidad y decidí salir con él.

Él me llevó a un restaurante Italiano en NYC. Nos sentamos y decidí ordenar vino. Le pregunte que si el quería compartir y me dijo que aun no había cumplido los 21. (En EEUU, la edad legal para tomar alcohol es 21 años.) “Oh verdaaaad,” pensé, nuevamente con una sensación de “qué mierda estoy haciendo aquí?”. Silenciando aquellas voces críticas, me ordené una copa de agua mineral. A pesar del tema del vino, lo pasamos bien. Salimos una segunda vez y comencé a darme cuenta de que él se había puesto un poco pegajoso, así como el chicle en la acera caliente que se ha pegado a tu zapato. No me interesaba ser el zapato de aquel chicle, por lo que le dije que no saldría más con él y le sugerí que debiera salir con otras mujeres para que yo no me sienta tan presionada de ser su única pareja. Después de bastante protesta, finalmente concordó.

Pasaron un par de meses y una noche recibo un mensaje de él preguntándome cómo había estado. Yo estaba bien. Ya había elaborado el duelo de mi última relación, y al conversar con él, estaba claro que él había hecho lo mismo. Ya no lo sentía pegajoso y me contaba que había salido con un par de mujeres en el intermedio. Me invitó a salir nuevamente y le dije que sí, esta vez mucho más segura que no habría presión.

La cuarta vez que salimos juntos tuvimos sexo. Y no era, EN LO MÁS ABSOLUTO, lo que había esperado.

No era lo que había pasado durante el sexo lo que me había sorprendido, sino lo que había pasado después del sexo—unas dos horas después—cuando empecé a elaborar lo que había pasado. Lo que pasó durante el sexo, lo guarde en el fondo de mí, por ser demasiado intenso. Así como quien dobla un papel hasta que ya no lo puede doblar más y lo pone en el rincón más al fondo del bolsillo para que se olvide que esta allí y que desea con todo el alma que la próxima vez que se lave ese bolsillo, el papel se triture en miles de pedazos hasta quedar disuelto y desaparezca en un mar de agua y detergente.

Después del acto, él había desaparecido en la noche y una parte de mí también se había ido con él. Me sentía intranquila, insegura, con ganas de llorar, de reír, de correr y, en general, con una ansiedad al punto del desborde. Me acuerdo haber decidido mandarle un mensaje a una amiga quien sabía que me escucharía, que no me juzgaría, y a quien podía tener la confianza completa que ella ya había pasado por lo mismo en su muy larga relación. O quizás no?!  Peorrrrrrrr. Pero, por un puto momento de mi existencia (y porque francamente estaba al borde de un quiebre psicológico), decidí mostrarme más vulnerable.

Le mandé un mensaje:

“Te han culiado el culo con la lengua?”

(Aquí debo hacer un paréntesis. Si. Lo voy a repetir. Me culiaron con la LENGUA. Mi ano, hasta ese momento, era virgen y lo mas probable no tan limpio como me lo habían dejado después del encuentro. Y para efectos prácticos cuando hablo del “culo”, justamente, hablo del ANO, del ojo negro del cuerpo humano, aquel hoyo de donde sale la CACÁaaaaaaaaa.

Me habían lamido el ano antes, pero jamás había tenido una lengua adentro. Ni siquiera sabía que hacer en el momento que estaba pasando todo. Él me decía, “Déjate ir y deja que lo que quiera salir salga.” (EN SERIO?!) Y al decirme eso, me daba una palmazo en la nalga mientras me sentaba en la posición “reverse cowgirl” en su cara. Cuando finalmente me podría relajar lo suficiente para abrir el esfínter, me lamia por dentro como si fuera un oso hormiguero que había estado hambriento por días.

La experiencia fue… diferente. Estoy segura de que a mi cuerpo le había gustado, pero… mi mente estaba inundada con pensamientos de infecciones “culinarias” y de todas las weas que salen del culo que no podría decirte en donde sentía las sensaciones de mi cuerpo. No sé. Es como que mi cuerpo habría hecho algún tipo de corte circuito. Lo que sí recuerdo es que él se hizo cargo de todo y me domó talentosamente. Ni siquiera tuve que pensar de nada. Él me decía lo que tenia que hacer…“Siéntate en mi cara!” y yo lo hacia. Sin preguntas.)

“Estoy cagada.” Le contaba. “Mi culo era virgen hasta ese momento! O sea, he tenido otras cosas allí dentro, un pico por ejemplo, y otras cosas sin importancia, pero UNA LENGUA?!? UNA PUTA LENGUA?!? ES. QUE. NO. PUEDO. ES DEMASIADO. ME METIÓ LA LENGUA EN EL CULO! NO PUEDO CREERLO! NO ME LAMIÓ. ME CULIÓ. CULIÓ. CULIÓ! O SEA QUE LA LENGUA ENTRÓ A MI CULO! ENTRÓ. ENTROOOOOOOO! ME MUEROOOOO!”

(Otro paréntesis…Justo en ese momento ella estaba filmando un video con su esposo e hijo donde me mandaban saludos. En ese momento especial le llego mi muy “profundo” mensaje. A ella no le causo nada. Después de años de conocernos, mi impulsividad y naturaleza sexualmente cargada no la sorprende ni un solo pico. Nada. Y por eso la amo con todo mi ser.)

“Mmm sí,” me responde, “Al escucharte hablar de aquello me están dando ganas… es que es demasiado sexy la escena!”

“NOOOOO. NO ES SEXY. NO EN LO MÁS ABSOLUTO!!!”  Y luego le hago la pregunta que rogaba que la respuesta fuera que sí para que no me sintiera tan freak. “Lo has hecho tú?”

“Emm me han lamido, pero creo que jamás ha entrado.”

“OH PEORRRRRRR! CTMMMMM. REALMENTE ME ESTA DANDO UN ATAQUE DE CORAZÓN ESTA WEAAAAAAAA!”

“Ya… cálmate. Respira, sólo respira. Hay veces en la vida donde tiene que quedar la cagada para que aprendas y crezcas! jajajaja” Y se muere de la risa de su chiste poco chistoso.

Luego de la conversación me tomé una agüita de las carmelitas casi como si fuera agua bendita. Sentía que despertaban mis demonios. Me fui acostar aun tiritando de la “sexperiencia”. La verdad era que me sentía algo enajenada de mi cuerpo. Mi cuerpo empezó a tiritar incontrolablemente y me puse a reír. La risa pareciera estar al borde de las lagrimas. Creo que es lo que sucede cuando tu cuerpo esta tratando de aliviarse de una situación traumática para que no te vuelvas completamente fucking loca. Me sentía al borde de un descontrol inédito. Comencé a respirar profundo mientras lágrimas caían por mis mejillas. No sabía si es que mis lágrimas eran de felicidad, de pena, o quizás un poco de las dos.

Vieran, que me prueben el culo es algo vulnerable para mí. Especialmente si te has crecido en una hogar hiperanal donde todo siempre estaba limpio y controlado de enfermedades como si estuvieran los equipos del SVE tratando de controlar la ebola. Y, más, si es que, te creciste en una familia donde el sexo era el equivalente de terapia de shock y donde si te tocabas renunciabas a una vida de cinturón de castidad, guantes de boxeo, y rezar eternamente el ave maría. Entonces, que te lamieran el culo, era una cosa… pero que te penetraran y que te pudieran “probar”, me había completamente dejado pa’ la caga’. Mi conflicto interno era que aunque mi cabeza me decía de las miles de bacterias que están en el culo, mi cuerpo pareciera estar disfrutando del placer del acto.

Tenía que encontrar la parte de encuentro entre lo común de los arquetipos que se emplean para describir el rol de la mujer en la sociedad. Tenía que encontrar el punto de encuentro entre la Madonna y la Puta. Dónde estaba ese punto? Lo había tenido en mis manos. Lo había sentido. Mientras me recostaba en mi cama, aun temblando y mi mente aun tratando de retomar el control, respiraba profundo y lloraba. Dejé que saliera lo que quería salir—así como él me lo había ordenado sólo unas horas antes.

Después de un tiempo, me sentía nuevamente volver a mi cuerpo. El punto de encuentro por fin estaba definido en mi cabeza y llenaba mi corazón. Él me había llevado a mi parte involuntaria—aquella parte donde no tienes absoluto control de nada. Jamás en mi vida me había sentido tan “descontrolada” ni tan fuera de control. Y aunque mi cuerpo y mi mente discutían la esencia de lo que estaba malo y bueno, jamás le había dicho al Oso que parara. Lo que para mí significaba que mi cuerpo sabía que necesitaba llegar a este lugar donde pudiera aprender a dejar toda semblanza de control. Llegando a un lugar de completa entrega fue algo nuevo para mí y era algo que necesitaba explorar.

Hubo un momento donde me podría dar cuenta de quien de los dos tenía más experiencia. No en el sexo, sino en “la entrega total”. Él me ayudó a confiar en él, y en su contención. Así pude abrirme de tal manera para ser penetrada como jamás me habían penetrado antes. No es fácil confiar en alguien tan completamente de que “dejaras salir lo que quiere salir”. En esencia, él quería VERME, cada centímetro, y a él no le importaba si lo que saliera fuera sucio u oscuro. Para él, lo que salió de mí esa noche era parte de mi esencia natural. Él me había dado el permiso para sentir lo mismo de mí. Esa noche él había llevado consigo aquella vergüenza a disfrutar libremente de mi sexualidad—de gozar de aquellos placeres sagrados que vienen de lo más primitivo de nuestro ser. Él había contenido a una mujer en toda su potencia femenina, había domado a aquellas voces críticas que intentan tomar el control y las había callado con una gentileza firme. Había construido el espacio para que surja el punto de encuentro: una diosa, una sacerdotisa, una eminencia de mujer.

Y como ven, al final, fue él el que me enseño algo. Y, por eso, estaré eternamente agradecida. El Oso y yo tuvimos sexo “anilingus” unas cuantas veces más hasta que me fui de NYC. Desde ese entonces, mi sexo y la forma en que lo entrego ha cambiado significativamente. Durante el sexo, me he dejado llorar, reír histéricamente, eyacular (sí, las mujeres también eyaculamos), convulsionar, y dejo salir todo aquello que quiere salir. He aprendido que no hay nada “sucio” de mí, que soy entera, y completamente natural. También he aprendido que todos somos maestros y que cada uno estamos aquí en este mundo para aprender y ayudarnos mutuamente.

Entonces, antes de cerrar, recemos:

Les deseo sexo nutritivo, conectado, y exquisito. Les deseo placer en todas sus formas. Y, tal vez más importante que todo, les deseo el poder de entregarse, de dejarse fluir, y que el misterio que llevan dentro encuentre la llave que abra sus puertas. Deseo que tras abrir aquellas puertas dejen su belleza expuesta ante todos para que podamos ingerir tan solo una gota de la esencia natural y vital que desborda de su ser. Deseo que, en el encuentro con un otro, puedan encontrar la seguridad necesaria para domar los miedos que les impiden ser auténticos y que bloquean sus intentos de formar lazos íntimos y profundos.

Y finalmente, les doy las gracias a todos los amantes del futuro que me tocarán aquellos puntos que aun no descubro; esas partes de mí que aun necesitan sanar y que están escondidas tras un velo de “suciedad” que es la vergüenza y silencio.

Amen.

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