Men Don’t Cry y Otras Consecuencias de Nuestro Patriarcado

Unas de las preocupaciones que más me llegan a mi consulta (por parte de los hombres)  es la necesidad de “intimar”. Veo a hombres que por sistema patriarcal, defensas, disfunciones, etc, no saben, no pueden, o no quieren expresar sus emociones. Hombres (y algunas mujeres) que se ven incapacitados a demostrar quienes realmente son tras una máscara de hierro que pretenden/intentan/tienen que llevar por fuera. Y el resultado de todo esto me da pena.

Hace unos meses le pregunté a un amigo que cuando había sido la ultima vez que había llorado. Y el me respondió, “Hace unos 10 años?”. Y me sorprendió porque mi respuesta habría sido, “Antes que tú llegaras.” Cuándo le dije eso, él me responde, “Es que eres mujer y las mujeres son más sensibles.” Me fascina la percepción que tenemos que las mujeres somos más sensibles y por eso lloramos más.

Unas de las consecuencias trágicas de nuestro patriarcado es lo poco que reconocen los mismos hombres que el sistema les ha afectado. Hay hombres que escuchan las palabras “el patriarcado” pero pocos saben lo que realmente significa. Piensan muchos que es un término de las feminazis o es algo de “las mujeres”. Pero, no es así. Pocas personas nos damos cuenta que los hombres NO lloran no porque no les den ganas de rajarse llorando, pero porque hay una sociedad y/o personas a su alrededor que se lo impiden. A qué niveles hemos llegado cuando a un ser humano se le impide vivir el sentir?

Tiendo a tener un cierto talento con los hombres. De partida hablo “a calzón quitao” como decía mi abuela. Y a los hombres les gusta eso. Nos reímos y se sienten en confianza. Muchos incluso expresan libremente lo bien que le he caído al final de la primera sesión. Creo que tiene que ver con cuánto muestro yo desde el principio.

Siento que lo más mágico que se provoca en una situación de consulta es el “contenedor”. Es un espacio donde ambos nosotros como terapeutas y nuestros clientes construimos una zona que tiene como fundamento principal el permiso que necesitamos para “ser libres” de ser quienes somos. Este espacio puede que se construya rápidamente, quizás en un par de sesiones, y también quizás nunca. Cuando logramos ese espacio, la situación terapéutica empieza su camino. Cuando no, entonces el paciente se va y nunca vuelve a consulta o vuelve meses después.

Una vez establecido este contenedor, todo fluye. Surgen momentos de emociones intensas, desgarradoras, agradables, y eufóricas. Las situaciones en las cuales más me enriquecen son aquellas donde nos mostramos tal cual somos frente a otro. Cuando mostramos la parte más vulnerables de nuestro ser: nuestro corazón, nuestro niñ@, nuestra alma desnuda.

Cuando un hombre llora en mi consulta le siento su caparazón quebrar. Al principio trata de no soltar. Yo sé que le cuesta. Por muchos años yo tampoco me dejaba llorar. Sentía que al hacerlo no me detendría nunca y lloraría tanto tanto que causaría mi muerte. No siento que es lo mismo para un hombre. Siento que mientras una lagrima cae, cae con ella un prejuicio tras otro. Y mientras sigo dando el permiso de “ser”, él sigue llorando.

Al final, casi exhausto, se detiene y vuelve a su “compostura” usual. Nos miramos y el sonríe, largando un par de lagrimas más, que usualmente quedan guardadas. Nos quedamos en el silencio, respetando la apertura y la confianza. Nos quedamos en silencio honrando la desnudez de nuestros seres. Yo sé que cuando él se vaya de la consulta va a volver a su rutina de siempre y a nuestro patriarcado de siempre.

Y lo único que me queda es desearle suerte en un ambiente tan hostil y agresivo—un ambiente tan opresivo en donde no pueda soltar sus lagrimas cuando sienta las ganas de hacerlo. Es penoso vivir rodeado de personas que no nos permiten desahogarnos de nuestras penas, rabias, y malestares de nuestro día a día. Y me imagino que para un hombre vivir con una sociedad (y rodeada de personas) que y quienes nos restringen nuestras reacciones ante la pena es algo exhaustivo.

Estamos tan acostumbrados que los hombres deben reaccionar de forma violenta o agresiva antes ciertas situaciones cuando las mujeres no podemos reaccionar de la misma forma. Y también estamos acostumbrados a que los hombres tengan que reaccionar con compostura y tranquilidad ante algo doloroso cuando a las mujeres se nos permite llorar, gritar, y expresar como se nos de las ganas.

Y, supongo, que mi granito de arena en este mundo es guardarle ese espacio a mis clientes. Guardarle ese espacio de seguridad y permiso para que ellos puedan mostrarse auténticamente sin que haya prejuicios de ningún tipo. Mi deseo es que ese espacio se pueda dar en todas partes. Pero, cuando no, existen refugios igual. Sólo hay que saber encontrarlos.

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